
Sin duda alguna era su libro, un pequeño rasguño en el lomo lo delataba y ahí estaba en la biblioteca de su amigo Pedro, justo en el tercer estante. Lo estuvo buscando durante días y finalmente lo dio por perdido. No era un libro especial, ni siquiera le había gustado, pero era suyo. Intentaba no prestar libros, ya que cuando lo hacía se obsesionaba en la irremediable posibilidad de no volver a verlos y en innumerables ocasiones tenía que exigir el retorno del libro prestado. Ahora ni siquiera era un préstamo al uso sino que se lo habían robado. El protocolo aplicado en el caso de no retorno era el de la indiferencia eterna, en cuanto al robo no estaba nada estipulado, sin embargo resolvió el vacío metodológico cuando acuchilló salvajemente a su estimado amigo Pedro, recuperó lo que era suyo y completó el protocolo.












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